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La mudanza




Es uno de los eventos más estresantes en la vida, en un nivel cercano a la muerte de un ser querido o un divorcio. Y es que a los seres humanos nos gusta echar raíces en un lugar y estabilizarnos. Allí, creamos rutinas, tanto con nuestro entorno familiar como con los vecinos y con el barrio entero. Cuando tenemos que abandonar todo esto para iniciar algo que no sabemos si va a funcionar, nos sentimos perdidos e inseguros y terminamos muchas veces cayendo bajo el dominio del estrés.

El grado de estrés dependerá sobretodo de la persona y la circunstancia en la cual se genera la mudanza. Si elegimos cambiar de casa probablemente estemos contentos con la decisión y por más que nos estrese lo haremos, en definitiva, con gusto. No sucederá lo mismo cuando se termina un contrato de alquiler o perdemos el trabajo y nos vemos obligados a mudarnos.

Para la psicóloga Sandra Misol, la mudanza tiene significados diferentes para cada persona y además depende de múltiples factores. Para muchos los cambios, sin importar cuáles, representan algo negativo, para otros significan volver a empezar. “Más allá de las circunstancias, lo determinante es la actitud de la persona”, así resume la especialista la importancia que tiene el modo cómo cada uno enfrenta este momento de su vida.

María es de las que se toma la mudanza de forma muy optimista. Tiene 30 años y ya se ha cambiado de casa ocho veces. “No todas han sido de la misma magnitud, pero siempre he dejado cosas atrás que quería por tener otras nuevas. Creo que lo que más me gusta de mudarme, es encontrarme con una vida nueva o con algo que haga mi vida mejor. Siempre duele lo que se pierde, pero disfruto mucho lo que gano. Para mi la mudanza es tan estresante como esperanzadora”.

Como en el caso de María, cuando la mudanza es un deseo que se cumple, se vive un estrés diferente, aclara Misol. En este caso lo más perturbador será organizar la mudanza. “Muchas veces hay que hacerla en medio de la vida cotidiana y hay un período en el que se tiene la “Vida en cajas”, es decir, estás en la casa vieja guardando todo, entonces no encontrás nada y todavía no te entregan la nueva Pero una vez instalado en el nuevo lugar es un motivo de alegría”.

Si hiciéramos una encuesta, probablemente el porcentaje que ve la mudanza como algo negativo doblegaría a los positivos. Para Misol “el estrés que genera este tipo de circunstancias pone en riesgo a la persona en toda su integralidad psicofísica”. La mudanza transforma nuestra personalidad. Estamos tan cansados, que vivimos las 24 horas del día irritados. Las frustraciones, por pequeñas que sean, llegan rápido y se hacen enormes, estamos además más agresivos y solemos enojarnos con las cosas y las personas que más queremos.

Rosa se mudó hace unos meses para su nueva hogar. El cambio vino a pedido de su esposo que quería estar más cerca de su trabajo. A ella le tomó tiempo asimilar la idea porque estaba cómoda en la casa donde vivía. El proceso de búsqueda comenzó hace más o menos un año y sin pensar apareció la oportunidad. Sin planificarlo casi comenzaron a aparecer las cajas y con ellas pequeñas revoluciones interiores que motivaron cambios emocionales profundos. “Aparecieron miles de cosas y miles de recuerdos, creo que esta primer etapa fue como ir guardando la casa, cerrándola. A veces tenía ganas de no mudarme nada. Esta etapa fue bien difícil, creo que mudarse a los 58 no es lo mismo que a los 30 o 40”. “Creo que el estrés fue emocional y físico. La primera etapa más emocional y cuando ya estaba en la casa nueva, fue más físico” dice Rosa.

Otro de los temas que complica aún más la mudanza es el cansancio que se va acumulando en diferentes partes del cuerpo. Aparecen dolores de tensión en el cuello, espalda y cabeza. A otras personas el estrés se les va al estómago, por eso es común que cualquier cosa que coman les caiga mal o que comiencen a sufrir de problemas de acidez o gastritis.

El mayor peso de la mudanza, la mayoría de las veces, recae en la figura femenina de la casa, es por eso que son ellas las que más se estresan y sufren las consecuencias. Es más que frecuente que durante estos días o meses que lleva el cambio de hogar, muchas parejas tengan peleas fuertes. Además no sólo están pensando en todo lo que tienen que hacer, sino también en todo lo que tendrán que pagar, porque el factor económico es sin duda otro ingrediente del estrés.

La depresión y la angustia no solo llegan por el desorden, por el cambio de vida o hábitos, sino también por el temor a no encontrar lo que se ha perdido (la casa, el barrio o los vecinos). Rosa por ejemplo extraña el entorno, “el lugar donde vivo hoy es mas frío, no se conoce a nadie”. Las pérdidas también pasan por lo material y en el caso de Rosa, si bien ganó en espacio y ubicación, tuvo que desprenderse de la estufa a leña y dice a pesar de que sólo pasaron dos meses, ya la extraña. Otras veces el bajón llega cuando comienza a sacar cajas que hace años estaban guardadas y dentro de ellas aparecer recuerdos que algunas veces no son gratos.

Si en la mudanza participan niños, el nivel de estrés aumenta. Los adultos suelen sufrir por ellos y por todo lo que les provocará a sus hijos. A veces cambiar de casa implica empezar en una escuela nueva y por ende hacer nuevos amigos y abandonar los viejos.

Para afrontar una mudanza hay que prepararse. Al menos, hay que tener bien claro a lo que nos estamos enfrentando. Esto no significa escapar, sino tener claro que tendremos meses difíciles y que todo lo que podamos preveer de antemano será bienvenido para disminuir el casi seguro estrés que nos acompañará